Encerrados Afuera,
una reflexión sobre políticas de vivienda y toma de tierras

… fuera de las huellas de la ruta de nuestros sueños, del cielo de nuestros pensamientos, de la casa de nuestro dolor o de nuestra alegría … Solal Rabinovitch

El tema de las tomas de tierras relaciona y pone en evidencia el íntimo vínculo (y las contradicciones) entre las políticas urbanas y habitacionales, y las políticas financieras, la cuestión de la propiedad de la tierra, y la propiedad individual. Y su relación directa con el complejo inmobiliario-financiero y la legislación urbana, siempre “atrasada”. Y muestra también, la necesidad de pasar de la necesaria reflexión teórica de los “observatorios”, tesis de “maestría” o “doctorales” y especulaciones respectivas, a la acción concreta; pero claro, siempre una acción bien fundamentada, pensada en todas sus variables. No es de cualquier “acción” que se precisa.

Las tomas empezaron cuando los europeos desalojaron a los pobladores originarios en toda América. Después, con los ejércitos nacionales, cuando les arrebataban la tierra a los nativos, (cosa que sigue ocurriendo inclusive hasta hoy en la Amazonia brasilera, por ejemplo) y, paradojalmente, cuando en las primeras décadas del siglo XX reprimen las tomas realizadas por inmigrantes europeos pobres que vivían en inquilinatos cerca del puerto de Buenos Aires, o a los ex esclavos en los morros también próximos al puerto, en Rio de Janeiro.

En la secuencia, las tomas fueron hechas por migrantes rurales a las grandes ciudades, que no les ofrecían condiciones de habitación (pero que los usaban como mano de obra mal paga), hasta llegar a la situación actual en que las tomas son realizadas por gente que continúa buscando trabajo en las ciudades y estas no tienen una “política social” para acogerlos, sean originarios del propio país o de países vecinos.

Las villas y favelas son, en general, todas, “invasiones” de tierras en terrenos abandonados, improductivos, con la “propiedad” confusa, etc., normalmente públicos.

Quien participa de tomas de tierras en la periferia, o de edificios abandonados en el centro de la ciudad, es gente que “se quedó en la calle”, literalmente; nadie lo hace “para hacer negocio”, sino por necesidad, más allá de que haya, aquí o allá, algunos aprovechadores de la desgracia ajena, que siempre infelizmente los hay, claro. Pero eso son excepciones, y la gente no los quiere, generalmente los expulsa, aunque a veces los tiene que soportar por necesidad o por falta de condiciones para oponerse. Estar en situación de toma implica para las familias una estrategia de sobrevivencia, con riesgo psico-físico.

Es necesario reconocer que existe una disputa por el suelo, que exige intervenir democráticamente. Con la cuestión de las tomas no se trata de defender o acusar, sino de reconocer un problema social real.

Ellas implican un estar “encerrados afuera”.

Esta es en muy resumidas cuentas (“haciéndola corta”, como se dice en Argentina) la secuencia histórica de las tomas.

Por eso el tema hay que abordarlo desde varias perspectivas simultáneamente, es una cuestión multidisciplinaria y multiescalar, debido a su complejidad, que aquí voy a puntualizar resumidamente:

  • Primero, cualquier tentativa de abordaje de esta cuestión, tiene que estar estrechamente relacionada con políticas para la generación de trabajo y renta de manera consistente, en el país;
  • Y umbilicalmente “atada” a políticas para “construir ciudad”, y no solo para hacer casitas;
  • De la misma manera, profundamente articulada con planes habitacionales asequibles, ofreciendo varias alternativas de acceso al suelo urbano (no a cualquier suelo, sino a un suelo infraestructurado);
  • Para lo cual es necesario adecuar los “Planes Directores”, desde una perspectiva inclusivista, teniendo en cuenta las relaciones bordes-centro, mediante un Plan Nacional de Acceso al Suelo, creando Bancos de Suelos e Inmuebles; los planes directores (que normalmente “dirigen” poco) resultan siempre demasiado “frankesteins”, hechos de pedazos, a veces contradictorios, o poco claros. Planificar la ciudad implica pensar la pluralidad misma de lo real y darle efectividad a ese pensamiento de lo plural, para lo cual se requiere simultáneamente de capacidad técnica, de “construir confianza” y de capacidad de liderazgo;
  • Nunca se trata solamente de habitación. Construir ciudad implica la habitación con todas sus “extensiones”, con todos los servicios complementarios necesarios y pensando (y resolviendo) las condiciones para la movilidad de las personas;
  • Buscando siempre la configuración de “agregados sensibles” donde la heterogeneidad y la diversidad (de gentes, de condiciones económicas y culturales, etc.) enriquezcan la convivencia y el intercambio, y puedan constituir un estímulo para la vida en sociedad con igualdad de derechos para todos;
  • En relación con las unidades habitacionales, a partir de ahora hay que proyectarlas considerando todo lo que se sumó como exigencias impuestas por el confinamiento, especialmente en relación con las necesidades de los sectores populares;
  • Y reconocer que la autoconstrucción es algo que deberá permanecer por mucho tiempo todavía, y que en ese sentido hay que facilitar el mercado de la construcción, pero “regulándolo”, pues la gente paga caro (y al contado) por compras “de a puchitos”, diferentemente de las empresas constructoras que pueden negociar mejores precios comprando en cantidad. Esta es una ecuación difícil, pero que se puede ayudar a resolver, a través de compras comunitarias u otros mecanismos que el Estado puede prever;
  • Finalmente, de lo que se trata en un campo tan “minado” como el de las tomas, es de contribuir para la construcción de vínculos movilizando voluntades y articulando diferencias, a través de acciones relacionadas con políticas de vivienda, de promover una economía del bien Común (limpia y comunitaria), desde “abajo” (junto al pueblo) y desde “arriba” (instancias de decisión), simultáneamente.

Arq. Jorge Mario Jauregui- Reflexiones de pandemia 

http://www.jauregui.arq.br/