Utopía: El espacio que habitaremos pos Covid-19

Los arquitectos imaginamos, nos preguntamos, ponemos en duda, nos replanteamos, trazamos ideas, las alteramos, las descartamos, las reemplazamos, las recortamos, las completamos, hasta que finalmente proponemos. Y tal vez cuando llegamos a ese punto… pensamos que haríamos todo distinto.

Habitantes del mundo real y de un estimulante mundo imaginario -parafraseando a Miguel Jurado – estamos siempre dispuestos a participar apasionadamente aportando ideas ante cada convocatoria. El vértigo del desarrollo tecnológico y las transformaciones que el mismo produce en general y en lo específico, a nivel social, productivo, cultural, etc.,  nos ha empujado de manera progresiva y constante a repensar, aún más, cuanto problema de arquitectura hemos tenido que abordar.

El desarrollo tecnológico -como la revolución industrial del siglo XIX- se ha ido consolidando como una transformación estructural de las sociedades.  Aparecieron así arquitecturas que sin los medios digitales no hubiera sido posible imaginarlas ni documentarlas y sin las nuevas tecnologías de la industria no se podrían haber construido. En cada instancia el siglo XXI decía presente.

Pero físicamente, las relaciones personales se mantenían indemnes.

Entonces irrumpió la pandemia.

Si el desarrollo tecnológico nos empujó a abrir nuestras cabezas, la pandemia nos catapultó abruptamente hacia otro mundo.

Circunstancial o estructural?, desequilibrio natural o provocada?, cuánto tiempo durará?, mutará el virus actuando de otra manera?, que pasa con los recuperados que vuelven a infectarse?, habrá vacuna?, cuando?, cómo evoluciona en el mundo?, como será el proceso en nuestro país?, aislamiento hasta cuándo?, podremos vernos?, de qué manera?, tenemos información creíble de lo que ocurre en el mundo o esta es filtrada como en una guerra?, habrá un mundo pos Covid o de alguna manera se instalará como algo crónico con lo cual tendremos que convivir? 

La incertidumbre nos domina. Es imperioso pensar el presente, improbable pensar el futuro.

Es que acaso de pronto nos hemos convertido todos en protagonistas de un episodio de Black Mirror?

No es nuevo, la ficción siempre anticipa la realidad. Cuanto hace que hay un tipo de cine (que no veo pero sé que existe), que trata sobre pandemias y fenómenos similares. ¡La literatura no ha producido menos en ese sentido, vale citar que Albert Camus escribió La Peste en 1947!

Desde la mal llamada Gripe Española hasta el Sida, pasando por la Peste Negra y otras, la humanidad ha padecido estos fenómenos devastadores, algunos de los cuales han durado años,  otros más antiguos siglos.

Cuestión tanto filosófica como específica es pensar los espacios abiertos o cerrados en una situación de  incertidumbre. Al menos por ahora, esto es día a día. Y el futuro no es un instante en el tiempo, sino una continuidad entre diferentes etapas.

Conocemos como es el contagio hoy. ¿Pero…y si el virus mutara o dentro de un tiempo impredecible apareciera otro virus que permanece en el aire, motivo por el cual la recomendación de epidemiólogos sería permanecer en espacios cerrados sin tomar contacto con el exterior…? ¿Como habría que pensar los espacios? Si durante esta cuarentena anhelamos la vivencia de los espacios exteriores, en tal situación se produciría la inversa.

La humanidad está sobre una embarcación cuyo destino desconoce, tampoco sabe cuánto tiempo durará el viaje, cómo será, ni menos todavía como y donde terminará o en que transformaciones derivará.

Y todo ocurre en un mundo donde la solidaridad escasea en la política internacional.

Aterrizados forzosamente en esta nueva realidad, todos, arquitectos incluidos, hemos ingresado como única manera de relacionarnos en el mundo virtual de los medios digitales, al cual desarrollamos y le vamos encontrando nuevos caminos y usos.

No son nuevos espacios, ya los teníamos. Lo que sí es nuevo es la dependencia, intensidad y frecuencia de uso de los mismos. La responsabilidad social y el riesgo lo imponen.

Seguramente las virtudes y posibilidades de ese mundo digital continuaran ampliándose. Esos espacios serán más ricos e importantes. Tenderán a una virtualidad real, como define Manuel Castells. Pero la recreación de los espacios virtuales trasciende a la especificidad de los arquitectos, quienes en todo caso podemos hacer nuestro aporte como un trabajo interdisciplinario.

Pienso en ciudades emergentes o resilentes y me lleva a esa categoría sociológica que habla de cambio constante y transitoriedad. A pensar en espacios lábiles, inciertos, ambiguos, flexibles, indeterminados.

Pienso en espacios abiertos públicos inclusivos, superficies limpias, sin obstáculos que permitan la circulación de mucha gente manteniendo la distancia de contagio sin tener que cuidar por dónde camina. Ante lo cual  -y recursos mediante- considero que quizás simplemente las avenidas podrían cumplir esa función. Porque no también en espacios abiertos que llegado el caso puedan cerrarse parcialmente.

Pienso en espacios públicos cerrados y hago caer mis expectativas en algún tipo de máscaras, dado que no imagino una sala de conferencias, teatro, cine, estadio, etc., con la distancia que hoy se plantea entre las personas. ¿Cuanta gente entraría?, o bien que improbable dimensión de edificio sería? Luego pienso en arquitecturas efímeras, estructuras desmontables. O tal vez en que el cerramiento parcial de un estadio podría cubrir las necesidades de un auditorio.

Pienso en la vivienda pública que heredamos del movimiento moderno a la medida de un modo de habitar, y que ya se ha transformado por los cambios culturales y de la vida contemporánea. Recurro a la universalidad de uso de las plantas y los espacios de la arquitectura clásica, que tantas variaciones posibilitaban para la ubicación y cambios de las diferentes actividades.

Pienso en un urbanismo muy variable, tanto como desde hace tiempo y cada vez más cambian las actividades dentro de ese gran contenedor edilicio que es la ciudad construida; al ritmo de la modernidad líquida que tan bien desarrolla Zygmunt Bauman, la cual viene asomando desde el siglo XX y consolidándose progresivamente como un fenómeno cultural, productivo, etc.

Pienso en todo esto y se me aparece la imagen de un mundo nuevo y diferente. La humanidad, todos nosotros haremos el proceso de adaptación, tiempo mediante, como se ha dado en tantas transformaciones a través de los siglos.

Pero hoy me aterran las imágenes de ciudades desiertas como una Piazza del surrealismo de Giorgio De Chirico.

Por eso creo que también es un momento y oportunidad para revalorizar la utopía.

Porque hoy quisiera no dejar de tenerla, se me hace imprescindible.

Pensar en construcciones colectivas que emergen de sueños y deseos.

Imaginar un mundo que asimiló esta experiencia para recuperar el medioambiente.

Ver caras limpias sin las máscaras del horror, imaginar que vuelven los besos y los abrazos que tanto se extrañan, las reuniones familiares, los encuentros con amigos, las risas y las lágrimas, el derroche sensible de todos los sentidos puesto en esos encuentros.

A la conmoción del poder destructivo de la pandemia oponer la esperanza de una revalorización ética.

Imaginar espacios abiertos inclusivos y habitados, tratados adecuadamente para cada uso.

Y espacios cerrados dignos en sus condiciones de habitabilidad.

Al menos por ahora, en algún rincón de mis pensamientos, quisiera sostener esa utopía.

Aunque hoy por hoy, la misma sea, como dijo el poeta…un sueño tan escurridizo, que hay que andarlo de puntillas por no romper el hechizo. <

Arq. Carlos Malamud